Lo mas selecto
Lo mas selecto La señora Gedge coincidió alegremente: él pensó que ella tenÃa el mérito de mantener el caso dentro de sus lÃmites.
—Todo —añadió ella—. Pero, sobre él personalmente, tampoco hay mucho, ¿no?
—Me parece que más que antes. Han descubierto cosas.
Tuvo una magnÃfica idea.
—¡Quizá descubramos algo!
—Oh, me conformarÃa con mejorar un poco lo que ya se ha hecho.
Y sus ojos se detuvieron en un estante de libros, la mitad de los cuales, poco usados pero muy desvaÃdos, eran de un recargado estilo «de regalo» y pertenecÃan a la casa. Entre ellos, los suyos eran, por lo general, vulgares ejemplares de consulta, sin excluir una vieja Bradshaw[70] y un catálogo de la biblioteca pública de la ciudad.
—Ni siquiera tenemos una colección propia. De sus Obras —explicó él, aclarando enseguida el sentido, tal vez más obvio, que ella podrÃa haberle dado.