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El joven dijo estas cosas antes de que lo admitiera, y eran palabras que podía haber dicho cualquiera que no se hubiera tomado la molestia de ser puntual o que deseara ser amable para que le abrieran las puertas. Gedge incluso adivinó cierta alusión a una propina especial si se le facilitaban las cosas. No había propinas en la Casa Natal, y, en más de una ocasión, había dado gracias a su buena estrella; se pagaba una entrada y nada más; todo lo demás se consideraba improcedente, para gran alivio de una mano que la naturaleza no había hecho para pedir. Sin embargo, a pesar de todo, a pesar, especialmente, del casi audible tintineo de los soberanos del caballero que, en otra situación, habrían bastado para que se molestara, Gedge se encontró en la Cámara Natal, el acceso a la cual había facilitado amablemente, tratando a la visita casi como si fuera personal y privada. La razón… la razón podría haberse encontrado, si residía en algún lugar, en algún rasgo persuasivo por naturaleza en la pareja, a menos que residiera en el modo en que el joven, una vez se encontró en el lugar, miró al encargado a la cara un momento, como si deseara sondear su expresión. Pronto quedó claro que eran americanos, y a Gedge no le habría costado mucho decir de qué clase; había llegado al punto de distinguir los distintos tipos, aunque podría haberle resultado difícil, ya que el caso que tenía delante era raro. En realidad, lo vio de repente; a la luz del dorado atardecer de aquella región central del país, que llegaba hasta ellos a través de ventanas viejas y bajas, se dio cuenta, con un arrebato de sentimientos, inesperados y contenidos, que alimentaron en él por un momento el deseo de conservarlo ante sí como caso de desmesurada felicidad. Hacía que se sintiera viejo, ajado, pobre, pero no por ello lo contemplaba con menor intensidad. Eran hijos de la fortuna, de la mayor fortuna, según le parecía a Morris Gedge, y resultaba evidente que se habían casado hacía poco; el marido, de rostro terso y suave, pero decidido y hermoso, varios años mayor que la mujer, y ésta, vaga, delicada, irregular pero implacablemente bonita. De una manera u otra, el mundo era suyo. Dieron a la persona que cogió los seis peniques en la Casa Natal una sensación de que aquél era el gran lujo de la libertad que nunca había tenido. La cosa era que el mundo era suyo no sólo porque tenían dinero —Gedge ya había visto ricos en número suficiente— sino porque, en un grado supremo, podían pensar, sentir y decir lo que quisieran. Poseían un carácter, una cultura, una tradición, una facilidad de alguna clase —todo ello combinado para producir un efecto de notable belleza— que daba luz a su libertad y fluidez a su tono. Por otra parte, nada de eso se veía menoscabado por el hecho de que estuvieran de luto; probablemente, lo llevarían por algún padre opulento fallecido recientemente o alguna madre delicada que, sin duda, sería origen de parte de aquella belleza, y que a le pareció Gedge, en la penumbra y en aquel momento de crisis, el auténtico uniforme de su distinción.


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