Lo mas selecto
Lo mas selecto Gedge había estado esperando las noticias pertinentes; y sabía que, por encima de todo, las había estado esperando su mujer, que ahora se sentaba de una manera especial, como si estuviera alerta, aguardando determinada llamada a la puerta. Ella no lo vigilaba, no lo seguía por la casa, cuando estaba abierta al público, para espiar sus traiciones, y eso lo conmovía, aunque las miradas de soslayo lo atravesaban más que las directas. Su mujer manifestaba tan perfectamente su desconfianza en su forma de demostrar que confiaba en él que nunca se sentía más nervioso, nunca intentaba tanto comportarse bien como en los momentos en que lo dejaba solo. Cuando el gentío era grande y tenían que recibir juntos, intentaba salir del paso dejando que ella hablara todo lo posible. Cuando la gente le preguntaba algo directamente, se volvía hacia ella y con más ceremonia de la que su relación justificaba: no podía evitarlo, aunque pareciera irónico, puesto que ella era la persona más interesada o más competente. En aquellos momentos se preciaba de que nadie habría adivinado que era su mujer; especialmente cuando ésta respondía, para ser justo, con una maravillosa y desalentadora bravuconada: es decir, desalentadora para él, desalentadora por su vergonzosa alegría para los simples de espíritu. La cantidad de sabiduría popular que su mujer producía para ellos, las asociaciones del sagrado lugar que desarrollaba, multiplicaba, bordaba; en definitiva, ¡la cantidad de cosas que decía y lo bien que las decía! Ella no sentía la menor vergüenza; ya que ¿por qué razón iba la virtud a avergonzarse? Aquello era virtud porque le ponía a él el pan en la boca; él, entre tanto, por su parte, se lo quitaba a ella. Aquel día de octubre vio a Grant-Jackson en la Casa Natal misma, por supuesto, el lugar idóneo para tal entrevista; y lo que ocurrió fue que, precisamente, cuando la escena había terminado y Gedge había vuelto a la sala de su casa, la pregunta que su mujer le formuló para recabar información fue: