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Ésta era, naturalmente, la línea más franca, pero él no la seguía, ¡ay!, por su franqueza: en realidad, no la había «seguido», simplemente había quedado atrapado y bajo su control, y su destino lo había arrojado contra las acicaladas paredes del templo, como un sacerdote poseído hasta el exceso por el dios o, dicho más vulgarmente, como un toro ciego —animal con el que con frecuencia se comparaba— en una tienda de porcelana. En definitiva, se había dejado llevar por la irritación, por la rabia, aunque, en su apuro, estaba muy lejos de la franqueza, lujo reservado para otras situaciones muy distintas. Siempre había pensado que se vivía para aprender; había aprendido algo en todas las horas de su vida, aunque los demás casi nunca supieron qué cosas, a pesar de que casi siempre había sucedido a sus expensas. Lo que ahora aprendía de manera continua era el sentido de una serie de palabras que, hasta el momento, le habían parecido vanas: la famosa «posición falsa» que con tanta frecuencia ayudaba a terminar una frase. Así se usaban las palabras, sin conocer su significado; después, de repente, un buen día, la boca se llenaba de su sabor amargo. Con esta verdad se recreaba en las horas que pasaba junto al fuego y era plenamente consciente de que un hombre que parecía siempre en conflicto corría ciertos riesgos. En la Casa Natal debía adoptar un aire debidamente beatífico y cuando, en alguna ocasión, habían estado a punto de echarlo de menos aquellos que lo daban por supuesto, aquellos que, sin duda, pagaban seis peniques por él —estaba compris, como el vino de la casa en las provincias de Francia—, uno podía estar seguro de que le llegarían noticias del comentario.


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