Lo mas selecto
Lo mas selecto Con todo, aquello cambió mucho las cosas para Gedge; le dio un impulso extraordinario, de manera que, un par de meses después, tal vez fuera el dulce sabor de boca de la libertad lo que lo ayudó a fraguar otra aventura, y ésta mucho más considerable. Era una manera extraña de pensar en ello, pero, en su imaginación, habÃa estado veinte minutos en buena sociedad: éste era el término que mejor describÃa para él la compañÃa de unas personas con las que, tal como él decÃa, no tenÃa que hablar de tonterÃas. A su modo, torpe, sin duda, habÃa afirmado su derecho a la sociedad. Y la dificultad residÃa en que, tras afirmarlo, no podÃa retractarse de aquella afirmación. Pocas cosas le habÃan sucedido en la vida; es decir, pocas agradables, pero, al menos, aquélla sà lo era, y él era de tal modo que no podÃa seguir viviendo como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, precisamente por seguir adelante teniendo en cuenta lo sucedido, se vio abocado ¡ay! a una situación inequÃvocamente marcada por una visita de Grant-Jackson, a media tarde de un dÃa de finales de octubre. Aquélla habÃa sido la hora de la visita de los jóvenes americanos. Todos los dÃas aquella hora traÃa algo del profundo estremecimiento, despertaba el secreto tan bien guardado; pero las dos ocasiones, en realidad, sólo estuvieron relacionadas por ser tan intensamente opuestas. El secreto habÃa sido un éxito porque no le habÃa contado nada a Isabel, la cual, ocupada en su casa mientras duraba el incidente, no habÃa oÃdo llegar a los visitantes ni los habÃa visto marchar. Pero, por otra parte, el éxito habÃa sido escaso porque no habÃa sabido mantener el secreto a salvo de revelaciones indirectas. HabÃa, por lo menos, dos personas en el mundo que sentÃan lo mismo que él; eran personas, también, que lo habÃan tratado con benevolencia porque sentÃa lo mismo que ellas, que habÃan estado dispuestas a colmarlo de buenos gestos como señal de ello y, aunque ahora estaban lejos en el espacio, seguÃan lo bastante próximas en espÃritu para hacerle juguetear, por asà decirlo, con la sensación de su comprensión. Eso, a su vez, de lo cual era perfectamente consciente, lo impulsaba a ser más de una pizca irreflexivo, por lo que, en la reacción contra la avidez de parte del público por hechos falsos, que, desde el principio, lo habÃa atormentado, se acostumbró a jugar con fuego, tal como él mismo habrÃa dicho, o, en otras palabras, a lavarse las manos sobre el contenido de la leyenda, todo ello delante de la gente. HabÃa cruzado la lÃnea; lo sabÃa: se habÃa vuelto un insensato. Ellos lo habÃan vuelto asÃ; habÃa sustituido, mediante un conjunto de irreverencias incontrolables, una actitud incomprensible por otra actitud que, de forma demasiado evidente, habÃan comprendido.