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Se había comportado con el especial tacto de un hombre grueso, que siempre, si tacto tenía, era delicado; había sacado el máximo partido a la hora, al lugar, al emplazamiento, a todas las pequeñas admoniciones y símbolos que puso frente a su víctima en el sitio que tuvo ocasión de denominar de nuevo, para la piedad y el patriotismo de Gedge, el más sagrado de la tierra, y había dado por entendido que, en primer lugar, estaba totalmente desconcertado y que, en segundo, esperaba que bastara con un solo aviso. Para no insistir demasiado en la cuestión de la gratitud, concedería que su reproche se basara, si era necesario, únicamente en la cuestión del buen gusto. ¡Sólo como una cuestión de buen gusto…! Pero estaba seguro de que no se vería obligado a decir más. Desde luego, el pobre Gedge habría sentido mucho obligarlo porque se daba cuenta de que aludía al mal gusto atroz de la ingratitud. Cuando dijo que no quería entretenerse en lo que el afortunado ocupante del puesto le debía por la recia batalla sostenida originalmente en su nombre, quería decir, simplemente, que quería hacerlo. En aquello consistió su tacto: en dejar claro que, como todo lo que se había mencionado, en la escena, para ayudar, él dominaba todo el terreno. En otros tiempos Gedge había creído que nunca se lo podría agradecer bastante —aunque se lo había agradecido, consideraba, casi de modo empalagoso— y nada, nada que pudiera explicar de manera seria o coherente, había sucedido desde entonces. En definitiva, desde el momento en que Gedge recibió la regañina, la defensa no tuvo fundamento, y si mostró, en lugar de una defensa, sólo lágrimas ardientes, la mística penumbra del templo impidió a su amigo que las viera o bien las hizo pasar por muestra de remordimiento. Las secó entonces, con la yema de los huesudos pulgares, antes de ir a ver a Isabel. Aquello fue de lo más oportuno pues, a pesar de sus indagaciones, solícitas y rápidas, él no hizo más que moverse por la habitación mirándola con intensidad. Después se detuvo un rato delante del fuego con las manos a la espalda y los faldones de la levita separados, como quien disfruta de una posesión permanente. Su mujer pareció entender el indicio; sin embargo, formuló otra pregunta.


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