Lo mas selecto
Lo mas selecto Selina presentó el tercer caballero a su hermana: un individuo alto, guapo y delgado que daba la impresión de haberse equivocado al encargar su chaqueta estrecha y al bies en un azul demasiado celeste. Sin embargo, contribuía a su imagen de inocencia y si, como decía Selina, era una cataplasma, ésta sólo podría ser curativa. En algunas ocasiones el corazón de Laura ansiaba la compañía de sus compatriotas y en aquel momento, aunque estaba preocupada y un poco decepcionada porque se habían frustrado sus planes, intentó ser simpática con el señor Wendover, al que su hermana había comparado injustamente, o eso le pareció, con los demás acompañantes. Le dio la impresión de que, al menos superficialmente, era tan brillante como ellos. «El nene», del que recordaba haber oído decir que era un flirt peligroso, charlaba con lady Ringrose, y el oficial de la guardia, con la señora Berrington; de manera que hizo cuanto pudo por entretener al visitante americano, en cuya actitud era patente para todos (creía ella) que había traído una carta de presentación: tan grande era su empeño en dejar en buen lugar a quienes se la habían dado. Laura apenas conocía a esa gente, unos amigos americanos de su hermana que habían pasado un período de vacaciones en Londres y habían vuelto a cruzar el mar antes de que ella llegara; pero el señor Wendover le dio toda la información posible. Se recreó en ellos, volvió, corrigió afirmaciones previas, disertó con afán e interés. Parecía tener miedo de dejarlos, por si no encontraba otro tema de conversación mejor, y se entregó a un paralelismo casi complejo entre la señorita Fanny y la señorita Katie. Más tarde, Selina le diría a su hermana que lo había oído desde lejos y le había parecido que hablaba de ellas como si fuera la niñera; Laura, ante esto, defendió al joven casi en exceso. Recordó a su hermana que los londinenses bien decían siempre lady Mary y lady Susan: ¿por qué no iban los americanos a utilizar el nombre de pila con el humilde prefijo con que debían conformarse? En otros tiempos, la señora Berrington estaba bien contenta de ser la señorita Lina, aunque fuera la hermana mayor; y a la joven le gustaba creer que existían todavía algunos viejos amigos, amigos de la familia, en su país, para los que, aunque viviera sesenta años de soltería, nunca dejaría de ser la señorita Laura. Y eso era tan bueno como decir doña Ana o doña Elvira: los ingleses nunca serían capaces de llamar a los demás como otros hacían por temor a parecer miembros del servicio.