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El señor Wendover era muy atento y comunicativo; al margen de lo que se pensara de su carta en Grosvenor Place, sin duda él la tomaba muy en serio; sin embargo, sus ojos vagaban con frecuencia hacia el otro extremo de la sala, y Laura pensó que, aunque hubiera visto antes a bastantes personas como ella (y eso no significa que lo delatara con demasiada crudeza), nunca había visto a nadie que se pareciera a lady Ringrose. La mirada del señor Wendover también se detenía en la señora Berrington, la cual, para ser justos, por su manera de devolvérsela, no parecía precisamente deseosa de que su hermana se lo llevara de la sala. Los domingos por la tarde su sonrisa era especialmente bonita y el señor Wendover estaba invitado a disfrutarla como parte de la decoración. No se sabía si el joven resultaría o no finalmente interesante; en todo caso, él sí estaba interesado. En efecto, Laura se enteraría más tarde de que lo que Selina veía mal en él era que lo observara todo con fatigosa intensidad. Sería uno de esos que reparaba en todo tipo de detalles —en esas cosas que ella nunca había visto o de las que no había oído nunca hablar— en los periódicos o en sociedad, y que le pediría (terrible perspectiva) que se los explicara o incluso que los defendiera. Selina no había venido aquí para explicar Inglaterra a los americanos; sobre todo porque durante los primeros años de su matrimonio había cargado con el peso de explicar América a los ingleses. Y prefería defender Inglaterra de sus compatriotas a defenderla ante ellos: eran demasiados, demasiados para los que ya estaban allí. Prefería no tratar con esa gente: a ella los ingleses le daban igual. Los ingleses podían tener su ojo por ojo y su chuleta por chuleta viajando hasta América; cosa que ella no tenía el menor deseo de hacer ¡ni por todas las chuletas de la cristiandad!


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