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Seguía delante del fuego, observando la habitación cálida y de techo bajo, apacible a la luz de la lámpara, con el zumbido de la tetera y con la cortina corrida delante de la ventana emplomada, una corta cortina de arretín sabiamente escogida por Isabel para producir un efecto de antigüedad y que poseía la especial virtud de que, a través de ella, en la calle la luz de la habitación se veía rojiza.

—Ha muerto —prosiguió—. Acabo de matarlo.

En realidad, hablaba para que ella le hiciera preguntas.

—¿Ahora mismo?

—Allí, en el otro sitio: lo he estrangulado, pobrecillo, en la oscuridad. Si sales a mirar, verás sangre. Lo que, la verdad —añadió—, tratándose de un altar de sacrificio, tampoco está mal. Pero el lugar está salpicado para siempre.

—No quiero ir a mirar —descansó las manos juntas en la labor doblada sobre el regazo, con los ojos clavados en él, y él reconoció una mirada que ya había visto antes—. Morris, en cierto modo, estás fuera de tus cabales —y después añadió más alegremente—: Es una suerte que no haya sido demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para pasar por eso?

—Demasiado tarde para que Ellos te dieran esta segunda oportunidad que agradezco a Dios que hayas aceptado.


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