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Estas profundas vibraciones de Gedge fueron tan rápidas como profundas; en realidad, llegaron de repente, por lo que su respuesta, su declaración de que no había ningún inconveniente. —«¡Oh, claro! En su caso, la hora no importa»— sólo se retrasó un instante; y cuando estuvieron dentro y la puerta se cerró a sus espaldas, en la penumbra del templo, en el que, igual que en la ocasión anterior, las ofrendas votivas brillaban en las paredes, él respiró hondo como quien, tras traicionarse a sí mismo, podría haber hecho algo demasiado terrible. Porque lo que los volvía a traer no era, sin duda, el sentimiento que inspiraba el santuario —puesto que él sabía lo que pensaban—, sino su fundamentado interés en el raro caso del sacerdote. Su visita era el tributo de la curiosidad, de la comprensión, de una compasión que, dadas las circunstancias, resultaba exquisita: un tributo también a aquella rareza, lo que los autorizaba a la más franca bienvenida. Deseaban, por generosa curiosidad, ver cómo seguía adelante, cómo un hombre así en un lugar como aquél podía seguir adelante; y no cabía duda de que, en gran medida, habían esperado ver que la puerta la abría su sucesor. Bien, era cierto que alguien lo había sucedido, aunque sólo fuera mediante un extraño subterfugio; de la misma manera que ellos, pobrecillos, tendrían que deducirlo por sí mismos, con un bochorno por el que los compadecía. Nada podría haber sido más extraño, pero, sin duda, era la imagen inquieta de su posible desconcierto y la compungida visión de lo que se les daba a cambio de su amabilidad lo que determinó, en definitiva, el tono de Gedge. Los meses transcurridos sólo habían conseguido que sus nombres le resultaran más familiares; en la otra ocasión los habían escrito, junto con miles de otros nombres, en el registro público, y, desde entonces, por motivos personales, motivos sentimentales, Gedge había vuelto a mirarlos una y otra vez. En sí mismos no querían decir nada; no le decían nada —«Sr. y Sra. B. D. Hayes, Nueva York»—, una de esas designaciones americanas que eran exactamente igual que cualquier otra designación americana y que era, precisamente, lo más notable de unas personas obligadas a conseguir una identidad por otras vías. Podrían ser el señor y la señora B. D. Hayes y, sin embargo, sin que se confirmara ninguna suposición, podían ser… bueno, lo que eran aquellos visitantes. Con suma rapidez había aclarado un poco más la situación el hecho de que, como recordaba, en la otra ocasión sus amigos le hubieran advertido del peligro que corría y de que la última nota que sonara entre ellos fuera la de su inquietud por esa causa. Lo que temía Gedge, con aquel recuerdo, era que, al encontrarlo todavía a salvo, lo felicitaran de entrada y tal vez incluso, con similar sinceridad, le preguntaran cómo lo había conseguido. Con la sensación de atajar de entrada las preguntas, sin perder el tiempo y conteniéndose con mano firme, empezó allí mismo, en el piso de abajo, a mostrar cómo lo había conseguido. Evitó la pregunta con la firmeza de su respuesta.


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