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__ VII __

—¿Se acuerda de nosotros? —preguntó el caballero y sonrió; la dama que estaba a su lado también sonreía. No hablaba como un peregrino ansioso o un turista pesado sino como un viejo amigo. La historia se repetía de una forma que Gedge nunca había esperado, casi todo era igual, salvo que se encontraban hacia el tibio final de un mes de abril, salvo que los visitantes ya no estaban de luto y mostraban todo su esplendor —además de parecer, igual que, sin duda, el mismo Gedge, aunque de modo tan distinto, un poco mayores— y, sobre todo, salvo que… volverlos a ver de repente lo afectó de una manera totalmente inesperada—. Estamos otra vez en Inglaterra y nos encontrábamos cerca; tengo un hermano en Oxford con el que hemos pasado el día y se nos ha ocurrido venir aquí —dijo el joven con tono agradable mientras nuestro amigo reparaba en la extraña circunstancia de que les estaría pareciendo que los miraba con asombro y frialdad. Se habían presentado igual que la otra vez, a la hora tranquila del cierre; otro agosto había pasado, y aquélla era la segunda primavera; la Casa Natal, dada la hora, estaba a punto de suspender su actividad hasta la mañana siguiente; se había ido ya el último rezagado y a los visitantes les apetecía, otra vez, dar una vuelta solos. Sin duda, parecía que así lo permitían los términos en que se habían separado la última vez; de manera que si, de modo inconsciente, se quedó mirándolos fue precisamente porque estaba lejísimos de haberlos olvidado. Pero la visión de la pareja, afortunadamente, tuvo una consecuencia doble, y la primera precipitó la segunda: ésta fue, en realidad, la repentina idea de Gedge de que todo, tal vez, para él, dependiera de que no admitiera la existencia de ninguna complicación. Debía seguir adelante directamente, puesto que ésa había sido su elegante respuesta durante más de un año, debía mantener el tipo con coherencia, puesto que a eso había quedado reducida su dignidad. No debía temer nada en un sentido, de la misma manera que tampoco había temido nada en otro; además, se le ocurrió de repente, con una fuerza que lo sonrojó, que el objeto de la visita de la pareja, en esencia, era él. Otra vez, se encontraba en buena sociedad, y ellos no habían cambiado. Así que no le correspondía a él comportarse como si no estuviera a la altura.


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