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—¿Le parece que pongo demasiados…? —preguntó Gedge.

Los dos se divertían.

—¡Eso es justo lo que he venido a ver!

—Bueno, ya sabe. He ido tanteando; he ido paso a paso; no me creerían si les contara cómo he ido probando. Lo que han visto es el resultado —tras esto, como no decían nada, añadió—: ¿Pensaban que podría salir de ésta?

Una vez más, se limitaron a esperar, pero el marido habló.

—¿Tan tremendamente seguro está de que ha salido?

Gedge se detuvo, tal como lo hacía en los momentos de emoción, casi consciente de que, con sus hombros caídos, el largo y delgado cuello y aquella nariz tan prominente en comparación con otras partes del cuerpo, parecía más que nunca una jirafa. Entonces por fin lo entendió.

—¿Podría estar otra vez en peligro… y ese peligro es lo que los ha movido a ustedes? ¡Oh! —el pobre hombre casi soltó un gemido. La idea lo hizo flaquear; sin embargo, recobró la compostura—. ¿Tiene una idea clara de qué peligro corro?

En cuanto sonó esa nota definitivamente, el aire se aclaró de un modo maravilloso. Al cabo de un minuto, el lúcido señor Hayes se lo había resumido todo.


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