Lo mas selecto
Lo mas selecto —¡Ah! ¿Vinieron?
—Con todo su peso. Hicieron que me apeara de mis ilusiones y volviera a la realidad. Por eso…
—¿Por eso está usted hundido? —preguntó la señora Hayes dulcemente.
—Ah, querido amigo —intervino su marido—, no está usted nada hundido, sino muy arriba. Ha subido usted a otro árbol distinto, pero está en lo más alto.
—¿Me está usted diciendo que he subido demasiado alto?
—Ésa es exactamente la cuestión —contestó el joven—. Y no nos sentimos capaces, si no le importa, de sopesar esa posibilidad, en comparación con su primer peligro.
Gedge lo miró.
—Me parece que ya sé qué es lo que, en el fondo, esperaban.
—En el fondo, «esperábamos», por supuesto, que usted estuviera bien.
—¿A pesar de que todo el mundo queda como un idiota?
El señor Hayes de Nueva York sonrió.
—Pongamos que precisamente por esto. Lo único que pedimos es estar convencidos de que todo el mundo es idiota.