Lo mas selecto
Lo mas selecto —Pero, sin duda, no habrán podido imaginar idiotas del tamaño que exige mi caso… —y Gedge hizo una pausa mientras su compañero aguardaba, como si estuviera a la espera de alguna prueba—. Bien, no intentaré hacerle creer que su inquietud no me ha puesto, no amenaza con ponerme un poco nervioso; aunque no lo entiendo si, como dice usted, la gente me pone por las nubes.
—Oh, esa noticia viene del otro lado; en nuestro paÃs la gente lo pone todo por las nubes con facilidad. Ya habrá visto usted que los niños pequeños rÃen hasta gritar cuando alguien les hace cosquillas en un sitio nuevo. En mi paÃs hay millones de personas muy afables que no son más que niños pequeños. Continuamente ofrecen nuevos puntos a quien les hace cosquillas. A quienes hemos visto bajo otra luz —prosiguió el señor Hayes de buen humor— ha sido a sus compatriotas: el comité, el consejo o las autoridades correspondientes a las que deba usted rendir cuentas.
—Entonces, póngale el nombre de mi amigo Grant-Jackson, la persona que me respaldó al principio, aunque debo admitir que tal vez por ese motivo sea mi mayor crÃtico. Trato casi sólo con él; o, mejor dicho, es él quien me trata, quien ha tratado conmigo. Será él quien me sostenga o me haga caer. Pero fue él quien me dejó las riendas.
—¿Y no querrá que parezca que corre usted desbocado? —preguntó la señora Hayes.