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—¡Ah, las esposas son terribles! —dijo el joven marido para relajar la tensión, y su visita no habría tenido ya más excusa para prolongarse si, en ese mismo instante, un movimiento en el otro extremo de la habitación no hubiera llamado de repente su atención. Había oscurecido tanto que, aunque Gedge, en el curso de la conversación, había encendido la lámpara más cercana, no habían distinguido, al tiempo que se abría la puerta de comunicación con la casa del guarda, la aparición de otra persona, una mujer inquieta que, en su impaciencia, apenas se había detenido antes de avanzar. La señora Gedge —su identidad tardó pocos segundos en ser patente— estaba ya allí mismo y no había llegado demasiado tarde para oír el último comentario del señor Hayes. Gedge se dio cuenta de inmediato que llegaba con novedades y, debido a esa certeza, tampoco le hizo falta la rápida respuesta de su mujer a las palabras que todavía flotaban en el aire.

—¡También podría decir, señor, que las pobres esposas muchas veces están terriblemente asustadas!

La señora Gedge no sabía nada de los amigos a los que, a aquella hora tan intempestiva, su marido estaba enseñando la casa; pero a Gedge no pudo llegarle señal más clara de que eso no importaba que el modo, lleno de posibilidades, en que su mujer pronunció la frase que, por así decir, le soltó en la cara.

—¡Grant-Jackson quiere verte ahora mismo!


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