Lo mas selecto
Lo mas selecto Entonces su acompañante le explicó que sólo quería que le indicara la pauta de comportamiento habitual, ya que con ella (dado que era tan amable) no tenía la sensación de haberse tomado una libertad excesiva. La cuestión era, sencillamente, que… y empezó a exponer la cuestión por extenso y con detalle. Laura lo interrumpió; le dijo que no le importaba y que casi le irritaba que le dijera que era muy amable. Lo era, pero no le gustaba que lo reconocieran tan pronto; y él era demasiado insistente al preguntarle si seguía las costumbres americanas o si le parecía que, puesto que vivía allí, debía amoldarse en muchos aspectos a las inglesas. Laura estaba cansada de la comparación perpetua, porque no sólo la oía a los demás, sino también a sí misma. Laura sostenía que, cuando se pertenecía a una u otra nación, se percibían algunas diferencias y que ahí acababa todo: no servía de nada intentar expresarlas. Las que se podían expresar no eran reales o no eran importantes, y no merecía la pena hablar de ellas. El señor Wendover le preguntó si le gustaba la sociedad inglesa y si era superior a la americana; y también si el tono era muy elevado en Londres. A Laura le pareció que aquellas preguntas eran «académicas», término que había visto que el Times acostumbraba a aplicar a algunos discursos del Parlamento. Mientras inclinaba su larga delgadez sobre ella (Laura nunca había visto un hombre cuya presencia material fuera tan poco sustancial, tan poco opresiva) y caminaba casi de lado, para prestarle la debida atención, a Laura le pareció una persona muy inocente, incapaz de adivinar que ella había observado un poco la vida. Estaban hablando de cosas muy distintas: la sociedad inglesa sobre la que el señor Wendover preguntaba y que ella había llegado a ver era una cosa que él ni siquiera sospechaba. Si le dijera su opinión, iría más lejos de lo que él sin duda creía; pero si lo hiciera no sería para abrirle los ojos, sino sólo para su propio alivio. Había pensado antes en eso, a propósito de dos o tres personas que conocía: en la satisfacción de expresar algunos de sus sentimientos. Daba un poco lo mismo que la persona en cuestión la entendiera o no; incluso quien mejor la entendiera estaría lejos de entenderla por completo. «Quisiera salir de esto, por favor, del lugar donde vivo, de donde he caído con mi hermana, de la gente que acaba usted de ver. Hay miles de personas en Londres distintas y mucho más agradables; pero no las veo, no sé cómo llegar hasta ellas; y, al fin y al cabo, pobre amigo mío, ¿qué capacidad tiene usted para ayudarme?». Eso era, en resumen, lo que tenía que decir.