Lo mas selecto
Lo mas selecto —¿Puedo tener el placer de seguir el mismo camino que usted? —y, con un gesto mecánico, la rodeó para situarse entre ella y el bordillo.
En América, Laura no había paseado mucho con jóvenes (la habían educado en la nueva escuela, la que imponía las señoritas de compañía y obligaba a evitar ciertas calles) y, en cambio, lo había hecho con frecuencia en Inglaterra, en el campo; sin embargo, en lo alto de Grosvenor Place, cuando cruzó hacia el parque y propuso que tomaran ese camino, sintió el aroma de su tierra natal. Sin duda, sólo un americano podía estar tan tenso como el señor Wendover; su solemnidad casi le hacía reír, del mismo modo que los ojos se le nublaban de aburrimiento cuando, en casa de su hermana, se lanzaban invectivas jocosas utilizando un vocabulario popular; pero, al mismo tiempo, le daba la sensación de ser muy respetable. Sería incluso respetable seguir con él indefinidamente, no volver nunca a casa. Al cabo de un rato, el señor Wendover preguntó si había transgredido alguna costumbre inglesa al ofrecerle su compañía; si en ese país un caballero podía acompañar a una joven —nada más conocerse— por el gusto de dar un paseo y no porque sus caminos coincidieran.
—¿Y por qué iba a importarme a mí si es costumbre de los ingleses? Yo no soy inglesa —dijo Laura Wing.