Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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No hizo, durante algún tiempo, otro ruido sino aquél, si bien al cabo de unos días, en conversación con su educanda, definió sus propias relaciones con Ida como una situación sólo levemente mejor que ser apaleada. A despecho de ello todavía no se había producido ningún intento de sacarla de la casa por medio de la fuerza, y ella reconoció que Sir Claude, comprometiéndose como nunca hasta ese momento, había intervenido con pasión y con éxito. Como Maisie se acordaba —y se acordaba sin ningún desprecio— de que él había confesado tener miedo de milady, la niña interpretó este reciente acto de valentía como una muestra de lo que él, ateniéndose al espíritu del compromiso sellado por las lágrimas de todos, estaba realmente dispuesto a hacer. La señora Wix le habló a su educanda del sacrificio pecuniario con que ella misma compraba la escasa seguridad de que disfrutaba y que, aunque constituía una protección contra la mano de la violencia, de todos modos la dejaba expuesta a inmencionables canalladas. ¿Acaso milady no encontraba a todas horas algún medio insidioso para humillarla y ofenderla? Le debía el sueldo de un trimestre (pomposa denominación, según podía sospechar incluso Maisie, para una cantidad escasa); ella no iba a ver ese sueldo en todos los días de su vida; pero el mantenerse callada al respecto ponía a milady, gracias a Dios, un poco en sus manos. Ahora que Sir Claude ya estaba tomándose tantas otras molestias, ella no podía acudir a molestarlo por una nadería de ese jaez. Él había enviado para el exclusivo consumo de las moradoras del cuarto de estudio una enorme tarta escarchada, una maravillosa montaña exquisita con estratos geológicos de mermelada, tarta que, usada con economía, podría durar muchos de los días de su coyuntura de sitiadas; pero pese a todo la señora Wix tenía noticia de que los asuntos de él estaban cada vez más embrollados, y su compañera de degustación rememoró tiernamente, a la luz de dichos embrollamientos, la expresión facial con que él había acogido la propuesta de alquilar una casa distinta. Maisie sintió que aunque los medios de subsistencia de ellas pendieran de un hilo, aun así ellas debían conducirse con la más elevada delicadeza. Lo que él estaba haciendo era ni más ni menos que actuar sin demora, hasta donde se lo permitían sus tribulaciones, bajo la inspiración de la más vieja de sus amigas. Durante esta temporada llegó un maravilloso mes de mayo —tan plácido como una cesación del viento durante una noche de vendaval que hubiera producido un obligado insomnio— en que él se dedicó a sacar a pasear a su hijastra con renovada alacridad y así ambos recorrían sin rumbo fijo la gran ciudad a la búsqueda, como lo denominó la señora Wix, de una atinada mezcla de deleite e instrucción.


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