Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa Viajaban en el piso superior de los autobuses; visitaban los parques de los alrededores; asistÃan a partidos de crÃquet en los cuales Maisie se dormÃa; entraban en cien locales hasta encontrar el más idóneo para tomar el té. Era el modo directo de estar a la altura de la sublime lección de la señora Wix: convertir a su hijita adoptiva en su obligación y en la misión de su existencia. Se metÃan, llevados por impulsos irrefrenables, en tiendas que de común acuerdo consideraban demasiado grandes a fin de mirar objetos que de común acuerdo consideraban demasiado pequeños; y era durante estas horas cuando la señora Wix, sola en casa, pero tema de nostálgicas alusiones mientras ellos se quitaban los guantes para tomar su piscolabis, estaba —según posterior confesión propia— menos resguardada de los ataques que milady habÃa aprendido a tramar con tanto ingenio. Una y otra vez reiteraba que no le habrÃa importado tantÃsimo ver escarnecidas sus «cualificaciones» y negada su competencia en toda asignatura si no se hubiera visto descrita como «rastrera» de carácter y personalidad. A estas alturas nadie fingÃa no considerar una gran suerte el que habitualmente milady saliera de Londres todos los sábados y se mostrara cada vez más propensa a no regresar hasta mediados de semana. Era casi igualmente público que ella consideraba una «afectación» absurda, y de hecho un insulto derechamente dirigido hacia su propia persona, la actitud de su marido de no moverse del lado de una niña en favor de cuya subsistencia ya se habÃan tomado las más cuidadosas medidas. Si habÃa una tipologÃa que Ida despreciaba, según le comunicó Sir Claude a Maisie, era la de los hombres que dedicaban los domingos a pasear abúlicamente por la capital; y Sir Claude también relató cuán a menudo Ida habÃa declarado que si él tuviera una pizca de dignidad estarÃa abochornado de asumir una postura servil en lo concerniente a la hija del señor Farange. Milady sostenÃa que él vivÃa en un vil miedo de su predecesor, pues de lo contrario habrÃa considerado una obligación, por simple cuestión de decencia, proteger a su propia esposa del ultraje de los descarados intentos de estafa de aquel personaje. La estafa del señor Farange consistÃa en echar sobre los hombros de la madre toda la intolerable carga del cuidado de la niña. «E incluso cuando pago tus gastos yo mismo —le aseveraba Sir Claude a su amiguita—, no por eso ella deja de seguir acusándome de indignidad y de bajeza». La convicción de la señora Wix, extraÃda de otros considerandos diferentes, era, lo sabÃan ambos, que los semanales viajes de Ida no eran sino los preparativos para una ausencia más considerable. Si cada semana regresaba más tarde, eso querÃa decir que llegarÃa la semana en que nunca más habrÃa de regresar. Desde luego esa perspectiva influÃa mucho en la entereza que últimamente demostraba la señora Wix. Sólo era cuestión de resistir el suficiente tiempo, y por fin quedarÃa informalmente vigente la confortable existencia en una casita junto con Sir Claude.