Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía —No, no vamos a hacerlo; vamos a hacer algo distinto. —Y, diciendo esto, a pocos pasos de la puerta detuvo un cabriolé y la ayudó a montarse; luego él también se montó y le facilitó al cochero una dirección que ella no oyó. Una vez que se pusieron en marcha ella le preguntó adónde se dirigían; a lo cual contestó él—: Mi querida niña, es una sorpresita. —Mientras ella se asomaba por la ventanilla y cavilaba descubrió que iban en dirección a Regent’s Park; pero no se le alcanzaba por qué él debía hacer un misterio de esta salida, y no fue sino hasta que hubieron pasado bajo un hermoso arco y enfilado hacia una blanca casa sobre una elevación desde la cual, pensó ella, debía de contemplarse una vista preciosa, cuando, desconcertada, lo tomó de la mano y espetó:
—¿Voy a ver a papá?
Él la escudriñó con una amable sonrisa:
—No, probablemente no. No te he traído aquí con ese propósito.
—Entonces, ¿de quién es esta casa?
—De tu padre. Se han mudado aquí.
Ella miró en su derredor: había vivido con el señor Farange en cuatro o cinco casas diferentes, y no había en esto nada extraordinario salvo que esta casa era más bonita que las otras.
—Pero a la señora de Beale, ¿sí la veré?
—Para eso es para lo que te he traído aquí.