Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —Tal vez te parecerá chocante que yo haga ante ti semejante admisión; y a decir verdad no debes entender que estoy haciéndola. Pero considerémoslo asà para ayudarte a tomar una decisión. El hecho es que asà es como sin duda va a considerarlo muy pronto mi actual esposa. La oirás gritar que ha sido abandonada, a fin de estar en condiciones de sumar una más al cúmulo de sus aflicciones. Será tan libre como desea… tan libre, ya ves, como ese tontaina que tu madre tiene por marido. Ya no tendrán nada que pueda preocuparlos y te pondrán de patitas en la calle. ¿Debo entender —inquirió Beale— que, después de todo lo que te he expuesto, sigues prefiriendo correr ese riesgo? —Era el más portentoso requerimiento que jamás le hubiera dirigido un caballero a su hija, y habÃa emplazado a Maisie otra vez en el centro de la habitación mientras su padre daba vueltas lentamente alrededor de ella con las manos en los bolsillos y con algo en la forma de andar que semejaba, más que ninguna otra cosa que él hubiera hecho, demostrar su familiaridad con aquella casa. Ella dirigió su enfebrecida mirada hacia los lujosos objetos de la propietaria, como si ella, por su lado, intentase extraer de éstos alguna ayuda que la dejara zafarse de un dilema sin precedentes. Y, como si tal intento de extracción también se hubiese aplicado a él, tras un instante él se detuvo bruscamente, colmando el prodigio de su comportamiento y el orgullo de su sinceridad con una suprema sÃntesis del estÃmulo básico—: ¡Tienes muy buen ojo, amor! En efecto, aquà hay dinero. Cataratas de dinero.