Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa Entre ellos, de momento, nada más pasó excepto que se dirigieron untos hacia el hotel, donde, en el vestÃbulo, él se entregó a una de esas súbitas chistosidades de las cuales, para deleite de su hijastra, rebosaba su ingénito buen humor:
—¿La señorita Farange me harÃa el honor de aceptar mi brazo?
En toda su vida nunca habÃa habido nada que la señorita Farange aceptara con tanta dicha, un brillante ingrediente sustancioso que los llevó flotando hasta su banquete; antes de llegar al cual, empero, ella pronunció, en el espÃritu de una alegre muchacha que fuera acompañada a su primera cena oficial, una frase confraternizadora que lo hizo pararse en seco:
—Se marcha a Sudáfrica.
—¿A Sudáfrica? —Por un momento, su rostro asumió el aire de quien se prepara para un salto; al momento siguiente el brinco fue hacia una explosión de hilaridad—: ¿Fue eso lo que dijo?
—¡Oh sÃ, no me he confundido! —Maisie se arrogaba ese mérito—. Dijo que por el clima.