Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía —Pero ¿acaso eso no es algo maravilloso? —le preguntó entrecortadamente Maisie; requerimiento éste que solicitaba una respuesta para la cual, empero, aún no estaba preparada su compañera. El término empleado por Maisie había sido un golpe de intuición estratégica… para en cualquier caso impedir que la señora Wix empleara otro. En ese grado fue afortunada: hubo tan sólo una expresión de súplica, extraña y muda, en aquella vieja cara pálida, que brindó la impresión de una falta de determinación mayor de lo que ni siquiera el mayor optimismo habría podido asociar con su actitud hacia lo que por fin había acaecido. De hecho, para la propia Maisie lo que por fin había acaecido estaba extrañamente, según sintió, por debajo del puro éxtasis que anteriormente le había producido cualquier venida o regreso de aquel amigo supremo. ¿Qué había pasado de la noche a la mañana, qué había pasado mientras dormía, con su grata capacidad de alegrarse? Intentó estimularla un poco más al hablar, al mostrarse complacida, al sumergirse en el agua y los vestidos, y logró averiguar que eran las diez, pero asimismo que todavía no había desayunado la señora Wix. El día anterior, a las nueve de la mañana, habían tomado juntas un café complet en su saloncito. Además, por su parte, evidentemente la señora Wix tenía necesidad de refugiarse en algo. Se refugió en dedicarse a refrenar las prisas de algunas de las presentes acciones de su educanda, recordándole con cierta aproximación a la severidad que de entre las obligaciones mañaneras las que tenían referencia con un meticuloso uso del jabón debían ser las más meticulosas de todas, manifestándole inclusive cierta reprobación ante la tendencia a apresurarse a vestirse por causa de un simple padrastro. Se impuso a ella con silencioso énfasis; redujo la operación a fases más nítidas que cualesquiera otras que hubiese conocido desde los tiempos de Moddle. Independientemente de cuáles fueran las cosas a las que, tras tantos cambios, tuviera derecho la persona de Sir Claude, de todas formas eran compatibles, al modo de ver de nuestra pequeña, con el instinto de vestirse con casi inescrupulosa celeridad a fin de verlo. Mientras tanto, por fortuna, la señora Wix no se consagró exclusivamente a tareas represivas. «¡Está allí, está allí!», había repetido ya varias veces. Era su sola respuesta ante toda invitación a especificar desde qué hora estaba levantada y por qué había respetado tan religiosamente el profundo sueño de su compañerita. Durante un rato constituyó su única información sobre el paradero de los otros y la razón de que aún no los hubiese visto, así como sobre la posibilidad de que en aquel momento los otros se hallasen en la sala de estar.