Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa La señora Wix la atalayó un instante; luego, como con un estupefacto ademán desdeñoso, dijo:
—¡Será mejor que se lo preguntes a ella! —Pero no bien hubo pronunciado estas palabras cuando se arrepintió—: ¡Dios misericordioso, de qué cosas estamos hablando!
Maisie sintió que, cualesquiera fuesen las cosas de las que estaban hablando, ella debÃa verlo, pero no dijo nada más durante un rato: un rato en el que terminó de arreglarse concienzudamente y en el que también la señora Wix permaneció callada. Fue como si cada una tuviera casi demasiado en que pensar, e incluso como si la niña tuviera la impresión de que su amiga estaba observándola y procurando descubrir si también ella era observada. Por último la señora Wix se dirigió hacia la ventana y allà se quedó —invidentemente, como adivinó Maisie— mirando hacia lontananza. Entonces nuestra pequeña, ante el espejo, dio el toque maestro:
—Bien, pues ya estoy lista. ¡Vayamos a verlo!
La señora Wix se dio la vuelta, pero como si no la hubiese oÃdo:
—Esto es tremendamente grave. —Tras los enderezadores corrÃan lentas lágrimas silenciosas.
—Lo es, lo es. —Maisie habló como si ahora ya estuviese ataviada a la altura de las circunstancias; como si, de hecho, con los últimos retoques se hubiese puesto el birrete judicial—. Debo verlo inmediatamente.