Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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La señora Wix había dicho una vez —una vez o cincuenta veces: para Maisie una habría sido suficiente, pero muchas no eran demasiado— que él era portentosamente imprevisible. Pues bien, ciertamente así se mostró, en opinión de la niña, durante la ocasión presente: se mostró mucho más imprevisible que ninguna otra cosa. Por lo demás, la circunstancia de que estuvieran juntos en un local, ante una agradable mesita confidencial como tan a menudo habían estado juntos en Londres, no hizo sino resaltar la diferencia de la situación. Esta diferencia estribaba en el semblante de él, en su voz, en todas las miradas que a ella le dirigía y todos los gestos que hacía. No eran las miradas ni los gestos que realmente él deseaba mostrar, y asimismo ella advirtió que tampoco correspondían a sus propios deseos. Ya lo había visto nervioso, ya había visto nerviosas a todas las personas con quienes había tenido contacto hasta la fecha, pero nunca lo había visto tan sumamente nervioso. Poco a poco aquello la hizo sentir un nítido terror, un terror que participaba del sudor frío que había sentido antes, en el hotel, al verse, a raíz de la contestación masculina sobre la señora de Beale, descreyendo de lo que él afirmaba. En el momento presente pareció ver, pareció palpar al otro lado de la mesa, cual si hubiese puesto la mano sobre ello, lo que él había querido decir cada vez que había confesado tener miedo. ¿Por qué un hombre como él tenía miedo con tal frecuencia? Ahora ella debía de haber empezado a comprender que sobre todo había una cosa de la que un hombre como él podía tener miedo. Podía tener miedo de sí mismo. En todo caso allí estaba el miedo de él; dicho miedo era dulce con ella, hermoso y amable con ella, estaba tomando café y croissants con mantequilla con ella, estaba espetando palabras y risas que no tenían nada de palabras ni de risas con ella; dicho miedo estaba presente en la voz que bromeaba y posponía y mentía; estaba presente en este modo teatral en que él la había llevado a desayunar fuera para imitar los antiguos ratos vagabundeantes de Londres, para imitar una relación que había cambiado definitivamente, una relación que ella había visto cambiar ante sus propios ojos cuando, el día anterior en el saloncito, la señora de Beale había aparecido inesperadamente ante ella. La señora de Beale seguía ante ella, si a eso vamos, en este instante, e incluso mientras habían estado esperando que les sirvieran Maisie había abordado aquella precisa cuestión que, nada más entrar en el local, él había estimulado con sus primeras palabras pronunciadas:


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