Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Aquello retrotrajo a la memoria de la niña cómo a veces ocurría que el viernes no era capaz de repetir la frase que el miércoles le había parecido «chupada», y desvalida y pesarosamente se enfrentó a la difícil prueba que se le presentaba en este momento. Sir Claude y la señora de Beale permanecían como observadores de un «examen». Por un instante pareció aspirar realmente la fragancia del débil capullo que la señora Wix afirmaba haber hecho surgir y que ahora le había puesto ante la nariz con mano tan coercitiva. Luego éste desapareció y, cual si por culpa de un resbalón estuviera a punto de caerse de un estrado, sus brazos hicieron un brusco movimiento a la desesperada. Lo que simbolizaba este movimiento era el espasmo dentro de ella de algo todavía más hondo que un sentido moral. Miró a su examinadora; miró a los observadores; sintió que los ojos se le cubrían con las lágrimas que había reprimido en el andén de la estación. Éstas no tenían nada, pero que nada que ver con su sentido moral. Lo único con que tenían que ver era con el viejo, humillante y monótono alegato del cuarto de estudio:
—No lo sé, no lo sé.
—Entonces lo has perdido. —Pareció que la señora Wix cerrara el libro mientras orientaba hacia Sir Claude los enderezadores—: Usted ha aniquilado ese capullo. Lo ha destrozado cuando comenzaba a vivir.