Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía —¿Sir Claude? —repitió desconcertada Maisie. Pero mientras la señora Wix le explicaba que este caballero era un entrañable amigo de la señora Farange, el cual había representado para ésta una gran ayuda a la hora de viajar a Florencia y de instalarse allá cómodamente durante el invierno, ella no se sintió lo bastante impresionada para dejar de percibir el disfrute que su vieja amiga sentía observando las repercusiones de tal noticia sobre el semblante de la señorita Overmore. Esta joven abrió desmesuradamente los ojos; al punto comentó que el casamiento de la señora Farange naturalmente pondría fin a cualquier aspiración futura a volver a encargarse de la hija. Con estupefacción la señora Wix inquirió por qué el casamiento habría de hacer tal cosa, y la señorita Overmore ofreció la razón inmediata de que estaba claro que aquélla no era sino una treta más dentro de todo un sistema de subterfugios. La señora Farange quería zafarse solapadamente del convenio; ¿por qué, si no, en esta ocasión había dejado a Maisie en manos de su padre semanas y más semanas más allá del plazo estipulado, sobre el cual había armado tamaña bronca en un principio? Era en vano que la señora Wix intentara hacer creer —como tendenciosamente estaba pasando a hacerlo— que todo aquel tiempo sería compensado tan pronto como regresase la señora Farange: ella, la señorita Overmore, no sabía nada, a Dios gracias, sobre aquel compinche, pero estaba segurísima de que cualquier persona capaz de entablar relaciones de ese tipo con la dama de Florencia fácilmente convendría en oponerse a la presencia en su hogar del retoño de una unión que su dignidad precisaba ignorar. Era una estratagema como otra cualquiera, y la visita de la señora Wix era evidentemente el primer paso de la misma. Maisie encontró en tal intercambio de asperezas un nuevo estímulo para el fatalismo aún no exteriorizado en el que llevaban enquistados algún tiempo sus pensamientos sobre su propio destino; y para ella esto representó el inicio de un todavía más profundo presentimiento de que, a despecho del resplandor de la señorita Overmore y del celo de la señora Wix, ella iba a acabar siendo testigo de una modificación del carácter de aquella guerra para cuyo estallido parecía ella haber venido al mundo. Continuaría siendo en esencia una guerra, pero ahora su finalidad sería la de no cobijarla.