Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Sin duda la pasión de esta dama por Sir Claude ya había tocado a su fin, juzgó ella, para el día en que milady irrumpió súbitamente en el cuarto de estudio para presentarles a ellas al señor Perriam, quien, como le anunció milady a Maisie desde la puerta, no podía dar crédito a sus oídos cuando servidora le decía que tenía una hija de aquella edad. El señor Perriam era bajito y rechoncho (la señora Wix comentaría posteriormente que era «demasiado gordo para aquel ritmo»); y habría sido difícil precisar si es que a su cabeza le faltaba pelo o es que se lo sobraba a sus oscuros bigotes. Parecía tener bigotes también por encima de los ojos, lo cual, sin embargo, no impidió para nada que estos pequeños globos brillantes rodaran por toda la habitación como si hubiesen sido bolas de billar impulsadas por el famoso golpe de brazo de Ida. El señor Perriam llevaba en la mano con que se estiraba el mostacho un diamante de cegadora brillantez, a consecuencia del cual y del peso global de su portador y del misterio que envolvía a éste nuestra pequeña comentó tras su marcha que sólo con que hubiese llevado también un turbante habría respondido perfectamente a la idea que ella se había formado de la pinta de un infiel turco.

—Responde perfectamente a la idea que yo me he formado —repuso la señora Wix— de la pinta de un infiel judío.


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