Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —¡No desvarÃo! Simplemente me explico. Los cuatro implicados se encuentran constantemente. Si usted hubiera estado con alguno de los niños cualquiera de estas últimas noches, lo comprenderÃa con toda claridad. Cuanto más he vigilado y esperado, más he tenido la sensación de que no hace falta nada más para estar segura que el sistemático silencio de los niños. Nunca, ni por un desliz, han hecho ni siquiera alusión a sus antiguos amigos, lo mismo que Miles no ha aludido a su expulsión. Ay, sÃ, podemos sentarnos aquà y mirarlos, y ellos pueden exhibÃrsenos a sus anchas; pero aunque simulen estar perdidos en sus cuentos de hadas, están inmersos en la visión de los muertos que regresan. Él no está leyendo para ella —afirmé—, sino que están hablando de ellos, ¡están hablando de cosas horrorosas! Me comporto como si estuviera loca y es un milagro que no lo esté. Lo que he visto la hubiera enloquecido a usted; pero a mà solo me ha hecho más lúcida, solo me ha hecho percatarme de otras cosas.
Mi lucidez debÃa parecer horrible, pero las encantadoras criaturas que eran sus vÃctimas, pasando una y otra vez con su armoniosa dulzura, proporcionaban un agarradero a mi colega; y yo percibÃa con cuánta fuerza se agarraba ella, cómo, sin dejarme agitar por el aliento de mi pasión, los protegÃa en silencio con sus ojos.
—¿De qué otras cosas se ha dado usted cuenta?