Otra vuelta de tuerca

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Al día siguiente me enteré de que la carta, con la llave, había salido en el primer correo hacia la casa de Londres; pero, a pesar de que se difundió la noticia, o quizá debido a eso mismo, dejamos a Douglas completamente solo hasta después de comer, hasta esa hora de la tarde propicia a la clase de emociones que entraban en nuestras expectativas. Entonces estuvo tan comunicativo como pudiéramos desear e incluso nos dio una buena razón para estarlo. De nuevo se lo sacamos delante del fuego, en el salón, lo mismo que las medidas sorpresas de la noche anterior. Al parecer, la narración que había prometido leernos requería, para su correcta comprensión, unas cuantas palabras que la prologaran. Debo decir aquí, con toda claridad, que el relato que presentaré más adelante es una copia exacta, hecha por mi propia mano, mucho tiempo después. El pobre Douglas, antes de su muerte, cuando la veía venir, me entregó el manuscrito que le llegara el tercero de aquellos días y que, en aquel mismo lugar y entre inmensa expectación, comenzó a leer nuestro pequeño círculo la noche del cuarto día. Desde luego, las señoras a punto de partir y que habían dicho que se quedarían, gracias a Dios, no se quedaron; se fueron debido a ciertas conveniencias, muertas de curiosidad a resultas, según confesaron, de los adelantos con que Douglas nos había inflamado a todos. Pero eso solo sirvió para hacer más compacto y selecto el pequeño auditorio, y mantenerlo alrededor del hogar, presa de un mismo estremecimiento.


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