Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca No volví a deprimirme hasta el otro día, pues ocupé las horas siguientes en la triunfal toma de contacto con el menor de mis alumnos. Desde el primer momento, la niñita que acompañaba a la señora Grose me pareció una criatura tan encantadora que consideré una gran suerte encargarme de ella. Era la niña más bonita que yo hubiera visto y hasta me sorprendió que mi patrón no me hubiese hablado más de ella. Aquella noche dormí poco porque estaba demasiado nerviosa; y recuerdo que este nerviosismo me llamó la atención al contrastarlo con la liberalidad de que estaba siendo objeto. Todo me sorprendía, la inmensa e impresionante habitación, una de las mayores de la casa, el gran lecho que casi resultaba fastuoso, los cortinajes bordados, los enormes espejos en que por primera vez me vi de pies a cabeza, y lo mismo el extraordinario encanto de la pequeña a mi cargo y tantas otras cosas que se me venían encima. Caí también en la cuenta de que desde el primer momento había entablado cordiales relaciones con la señora Grose, lo que durante el viaje en la diligencia me había preocupado hasta hacerme madurar un plan. En realidad, lo único que hubiera podido amedrentarme en la primera composición de lugar era el patente hecho de que le causara tanta alegría verme. Al cabo de media hora me percaté de que estaba tan contenta que, a todas luces, intentaba no demostrarlo demasiado. Incluso me pregunté entonces por qué deseaba disimularlo, lo cual, de haber reflexionado con suspicacia, hubiera bastado para sentirme incómoda.