Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

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Pero era alentador que no hubiera dificultades para entrar en contacto con un ser tan beatífico como aparentaba ser mi radiante niñita, cuya angelical belleza fue probablemente el factor que más colaboró al desasosiego que me hizo levantarme antes del amanecer y dar repetidas vueltas por mi alcoba, examinando todos los detalles y perspectivas de la situación; observar desde mi ventana abierta el hermoso amanecer de verano, examinar todo lo que pude del resto de la casa y escuchar, mientras los pájaros iniciaban los primeros trinos en la decreciente oscuridad, la posible repetición de un par de ruidos poco naturales, procedentes no del exterior sino del interior, que me había imaginado. Hubo un momento en que creí reconocer, débil y lejano, el llanto de un niño; hubo otro en que, dándome perfecta cuenta, me asusté al sentir pasar por delante de mi puerta unos ligeros pasos. Pero estas fantasías no me impresionaron hasta el punto de ser indelebles, y si ahora me vuelven a la cabeza es a la luz o, mejor dicho, a las tinieblas de los posteriores acontecimientos. Cuidar, enseñar y «formar» a la pequeña Flora constituía, sin duda, una vida útil y feliz. En la planta baja habíamos convenido que desde aquel mismo momento yo me ocuparía de ella por la noche, y su camita blanca ya estaba dispuesta en mi cuarto con este fin. Yo me encargaría por completo de ella y, si había permanecido por última vez con la señora Grose, solo había sido en consideración a nuestro inevitable desconocimiento y a su natural timidez. A pesar de esta timidez —de la que, de la forma más curiosa del mundo, con total franqueza y valor, sin el menor indicio de incomodidad o vergüenza, sino con la dulce y profunda serenidad de un Niño Jesús de Rafael, la propia niña había consentido en hablar, en que se le imputara y en que decidiera nuestra conducta—, estaba absolutamente segura de que pronto me querría. En parte, la señora Grose me había gustado al apreciar el pasmo que le procuraba ver mi extrañeza y admiración cuando me senté a cenar, entre cuatro candelabros, con mi alumna montada en su silla alta, con el babero puesto, y mirándome resplandeciente por encima de los platos. Desde luego, había cosas que en presencia de Flora solo podíamos transmitirnos mediante miradas prolongadas y aprobatorias, mediante alusiones oscuras e indirectas.


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