Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —Y el niño, ¿se parece a ella? ¿Es también tan excepcional?
No se deberÃa adular a los niños.
—Ay, señorita, muchÃsimo más excepcional. ¡Si esta le parece a usted bien!
Y ahà se quedó, con un plato entre las manos, echando una luminosa mirada a nuestra compañerita, que llevaba de una a otra sus celestiales ojos serenos sin en absoluto interrumpirnos.
—SÃ, si yo…
—¡El caballerito la fascinará!
—Bueno, creo que para eso he venido: para ser fascinada. Y no obstante, me da miedo.
Recuerdo que tuve la tentación de añadir: «¡Soy fácil de fascinar! ¡Quedé fascinada en Londres!»
Aún veo el ancho rostro de la señora Grose encajando lo dicho.
—¿En Harley Street?
—En Harley Street.
—Bueno, señorita, no es usted la primera… ni será la última.
—No tengo la pretensión —conseguà reÃr— de ser la única. De todas formas, si no he entendido mal, mi otro alumno llega mañana.
—Mañana, no; el viernes, señorita. Llegará, como usted, en la diligencia, al cuidado del cochero, e irá a recibirlo el mismo carruaje.