Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Desde entonces me sentà impaciente por conocerlo: fue el comienzo de una curiosidad que en las horas posteriores habrÃa de agudizarse hasta casi ser dolorosa. Pude percibir que la señora Grose se daba cuenta de los sentimientos que me habÃa provocado. Ella prosiguió, asegurándome:
—Lo mismo se podrá creer eso de la señorita. Dios la bendiga —añadió en seguida—. ¡MÃrela!
Volvà la cara y vi a Flora —instalada desde hacÃa diez minutos en la sala de estudio con una hoja de papel en blanco, un lápiz y una hermosa página para copiar de oes redondas—, que se asomaba a mirar por la puerta abierta. A su manera, ponÃa de manifiesto un extraordinario despego por las desagradables obligaciones, mirándome, sin embargo, con su gran inteligencia infantil, que me ofrecÃa, sencillamente, como consecuencia del afecto que habÃa concebido por mi persona, el cual la impulsaba a seguirme. Necesitaba algo más para sentir con toda su fuerza la comparación hecha por la señora Grose y, cogiendo en brazos a mi alumna, la cubrà de besos repletos de sollozos de expiación.
No obstante, durante el resto del dÃa busqué nuevas oportunidades de acercarme a mi colega, sobre todo cuando, hacia el anochecer, empecé a imaginarme que ella más bien me rehuÃa. La abordé en la escalera; bajamos juntas y abajo la detuve, cogiéndola por el brazo.