Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Hizo la pregunta con tan fino y descarado humor que, junto a una risa sin duda destinada a hacer juego con la suya, caà momentáneamente en la aprensión de estar haciendo el ridÃculo.
Pero al dÃa siguiente, al acercarse la hora de salir en el carruaje, la sorprendà en otro sitio.
—¿Qué tal era la señorita que habÃa antes?
—¿La anterior institutriz? Era también joven y bonita, casi tan joven y casi tan bonita como usted.
—¡Pues espero que su juventud y su belleza la ayudaran! —recuerdo que exclamé—. ¡Parece que le gustamos jóvenes y bonitas!
—¡Sà que es asÃ! —asintió la señora Grose—. ¡Asà es como le gustaba que sea todo el mundo! —No habÃa terminado de decirlo cuando se retuvo—. Quiero decir que es su manera de ser, la manera de ser del amo.
Me sorprendÃ.
—Pero ¿de quién hablaba antes?
ParecÃa estar blanca, pero enrojeció.
—Pues de él.
—¿Del amo?
—¿De quién, si no?
Era tan obvio que en un instante desapareció la sensación de que, accidentalmente, la señora Grose habÃa dicho más de lo que hubiera querido decir; y me limité a preguntarle lo que deseaba saber: