Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —¿Vio ella alguna cosa en el niño?
—¿Algo que no estuviera bien? Nunca me dijo nada.
TenÃa escrúpulos, pero los pasé por alto.
—¿Era… especialmente cuidadosa?
La señora Grose puso cara de tratar de ser concienzuda.
—En ciertas cosas, sÃ.
—Pero no en todas.
De nuevo meditó.
—Bueno, señorita… Ha muerto. No quiero contar chismes.
—Comprendo sus sentimientos —me apresuré a replicar; pero en seguida pensé que lo dicho no era óbice para proseguir—: ¿Murió aqu�
—No, se fue.
No sé qué me llamó la atención en el laconismo de la señora Grose y me hizo percibir cierta ambigüedad.
—¿Se fue para morirse?
La señora Grose miraba obstinadamente por la ventana, pero yo me sentÃa con derecho a saber lo que se esperaba de las jóvenes contratadas en Bly.
—¿Quiere decir que se encontraba enferma y fue trasladada a su casa?