!Pobre Richard!

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—No le aceptará. Nunca aceptará a alguien que miente con sangre fría.

—Me parece que detestará todavía más a alguien que lo hace por mero impulso. ¿Quiere pelearse conmigo? ¿Quiere que me enfade con usted? No le daré tal placer. Ha cometido una bajeza y, para compensarlo, quiere asustar a alguien antes de irse a acostar. Si me toca, le mataré. Pero no tengo la más mínima intención de prestar oído a sus críticas. ¿Tiene usted algo que decir? ¿No? Pues en tal caso, buenas noches.

Tras lo cual el mayor Luttrel se marchó. Presa de una rabia furibunda, Richard se quedó mudo. ¿Iba a salir tan bien parado, a fin de cuentas? ¡No, por Dios! Permaneció un momento indeciso y enseguida dio media vuelta y se acercó al trote a la puerta del jardín de Gertrude. Allí se detuvo de nuevo; pero, tras una breve vacilación, entró cruzando el paseo enarenado, con el corazón dándole tumbos y lamentando que no pudiera verlo el mayor Luttrel. Durante un momento pensó que éste regresaba y que oía sus pasos. ¡Ah! Si pudiera verlo mientras él confesaba, ¡qué fácil sería todo! Rodeó la casa a lo largo de la fachada y se detuvo debajo de la ventana abierta del salón.

—¡Gertrude! —llamó a media voz, sin bajar del caballo.

Enseguida apareció ella.


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