!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —¡Santo Dios, qué haces aquí! —exclamó la joven.
Su voz no era ni ruda ni suave, pero sus palabras y su tono hicieron que Richard reviviera la entrevista en el invernadero, y notó en ella una clara decepción. Se sintió invadido por la cruel certeza de que esperaba al capitán Severn o, por lo menos, que había confundido su voz con la de él. La verdad es que había entrevisto furtivamente dicha posibilidad, pues Richard apenas había susurrado con algo de fuerza. Richard permaneció en su silla, mirándola y sin decir nada.
—¿Qué querías? —preguntó Gertrude—. ¿Qué puedo hacer por ti?