!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Estaba escrito que Richard no cumpliría con su deber aquella vez. Cuando se dio cuenta de que era Richard quien había pronunciado su nombre, cierta sequedad indefinible marcó la voz de Gertrude. Siguió el hilo de sus pensamientos. Un par de semanas antes, el capitán Severn le había dicho que, si llegaba la noticia de una derrota, no esperaría al final de su convalecencia para volver al regimiento. Tal noticia acababa de llegar, con lo cual estaba claro para ella que su amigo se iba a marchar de inmediato. Naturalmente acudiría a despedirse y, todavía de modo más natural, ella se imaginaba lo que probablemente ocurriría entre ambos en aquel momento crítico. Para decirlo todo hay que saber que veinte minutos antes Gertrude se había despedido de nuestros dos caballeros con esa idea en la cabeza. Al lector no interesado le parecerá sorprendente que la media docena de palabras que cruzó con Richard pudieran contar una historia tan larga. Pero, gracias a la lucidez excepcional que confiere el amor, el pobre Richard pudo descifrarla a la primera. Se sintió inundado por el mismo flujo de rencor, el mismo decaimiento anímico que en el invernadero. Ser testigo de la pasión de Severn por Gertrude era algo que podía soportar. Pero ser testigo de la pasión de Gertrude por Severn era una obligación contra la que su razón se rebelaba.
—¿Qué querías, Richard? —repitió Gertrude—. ¿Has olvidado alguna cosa?