!Pobre Richard!

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—No, nada, ¡nada! —exclamó el joven—. No tiene importancia.

Tiró con tanta fuerza de las riendas que el caballo casi tropezó, volvió grupas, lo espoleó y franqueó la puerta del jardín al galope.

En el camino se topó con el mayor Luttrel, que estaba espiando en el sendero.

—Me voy al infierno, señor —gritó Richard—. Tenga, ¡choque esa mano!

Luttrel le tendió la mano.

—Mi pobre amigo —le dijo—, ha perdido completamente la cabeza. Lo lamento por usted. Confío en que no haya cometido ninguna insensatez.

—No he arreglado nada. ¡Lo he arruinado todo!

Luttrel sólo lo entendió a medias, pero se sintió aliviado.

—Haría mejor en volver a casa y acostarse —dijo—. Se va a poner enfermo de tanto darle vueltas.

—Tengo… tengo miedo de volver a casa —contestó Richard con una voz quebrada—. Por amor de Dios, ¡venga conmigo! —Y el desdichado se puso a llorar—. Tengo demasiada vergüenza para quedarme con nadie… que no sea usted —exclamó entre sollozos.

El mayor acusó el golpe, pero sintió piedad.

—Vamos, vamos —dijo—, conseguiremos salir de ésta. Le acompaño a casa.


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