!Pobre Richard!
!Pobre Richard! En la localidades rurales, donde la vida es apacible, un pequeño incidente cobra proporciones considerables; por eso la noticia del regreso repentino a su regimiento del capitán Severn se propagó con mucha rapidez en el círculo de Gertrude. Ella lo supo de boca de su cochero, quien lo había oído comentar en el pueblo, donde vieron al capitán tomar el primer tren de la mañana. Ella se tomó la noticia con aparente calma, pero en su corazón se alzó una gran agitación, que luego remitió. ¡Así que él se había marchado sin despedirse! Tal vez los preparativos de su marcha precipitada no le habían dejado tiempo para visitarla. Sin embargo, por mera cortesía hubiera debido enviarle un breve mensaje, pues Severn había sin duda leído en los ojos de Gertrude un sentimiento que sus labios se negaban a expresar y, además, le debía muchas atenciones a ella. Era muy poco frecuente que Gertrude exigiera a sus amigos nada por la hospitalidad que había podido ofrecerles. Pero, si ahora le dirigía al capitán Severn mudos reproches de ingratitud, era porque había ido más lejos que el hecho de simplemente olvidarse de lo que había hecho por él; era que había olvidado del todo el modo en que ella lo había hecho. Es completamente normal esperar que los amigos más queridos tomen en consideración los sentimientos más profundos de uno; y Gertrude había decidido que Edmund Severn era su mejor amigo. A decir verdad, ella no le había preguntado si aceptaba dicho arreglo, pero lo había utilizado para justificar toda suerte de tácitos deseos; le había ofrecido lo mejor de su compasión femenina, y, cuando le llegó su turno de corresponder, Severn se había apartado de ella sin una mirada siquiera. Gertrude no derramó ni una sola lágrima. Le pareció que ya había llorado bastante por él y que, mortificándose más, despilfarraría algo que ahora era demasiado valioso para ella. Dejaría de pensar en Edmund Severn. En el futuro contaría tan poco para ella como ella había contado para él.