!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Por último, se le ocurrió que una visita a la hermana del capitán, Mrs. Martin, era cuestión de mÃnima cortesÃa; la impresión confusa de que aquella dama pudiera ser la depositaria de un mensaje de despedida —quizá de una carta— que todavÃa no habÃa tenido tiempo de hacerle llegar hizo que Gertrude llevara a cabo sin dilación dicha visita de buena vecindad. El coche que habÃa pedido que estuviera a punto para la visita estaba ya esperando en la puerta —un poco menos de una semana después de la partida de Severn— cuando anunciaron la visita del mayor Luttrel. Gertrude lo recibió con el sombrero puesto, presta ya a salir. La primera preocupación del mayor fue transmitirle el mensaje de despedida del capitán Severn y su lamento de no haber podido hallar un momento para ir a verla. Mientras cumplÃa con el encargo, Luttrel estudiaba el rostro de Gertrude y le tranquilizó bastante comprobar la calma imperturbable con que era escuchado. Su modo de presentar la despedida de Severn era fruto de una prolongada y perversa reflexión. Le habÃa parecido que dando a entender que el oficial ausente habÃa aludido a Miss Whittaker de manera apresurada y distraÃda servÃa mejor sus propios intereses que dando a entender que no habÃa hecho ninguna alusión a ella, ya que esto hubiera supuesto un vacÃo insondable que la imaginación de Gertrude se habrÃa afanado en colmar. Su razonamiento resultó acertado; en efecto, si bien Luttrel tuvo la tentación de deducir de la impasibilidad de la joven que su disparo habÃa errado el blanco, en realidad lo habÃa alcanzado de pleno, a pesar de la acogida muda y casi sonriente que se le habÃan reservado a sus palabras. Le bastaron pocos minutos a Gertrude para percatarse del inmenso bien que le habÃa causado el mensaje del capitán. «¡No encontró el momento!», pensó. De hecho, a medida que asumÃa todo lo que esa excusa podÃa significar de indiferencia, sintió cómo su helada y forzada sonrisa se intensificaba en un signo de agradecimiento hacia el mayor.