!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Le quedaba al mayor Luttrel una tarea por completar. El día anterior, cuando desconocía aún la enfermedad de Richard, había acudido con su caballo a la granja para interesarse por él y había pasado media hora a los pies de su cama. El lector ya se habrá dado cuenta de que el mayor no era una persona de gran delicadeza; por lo tanto, no le sorprenderá ni chocará saber que viendo al pobre joven postrado, febril, delirando y en un estado que, al parecer, empeoraba con rapidez, sintió una especie de sensación que nada tenía que ver con la desesperación. Para decirlo con crudeza, le satisfizo mucho hallar a Richard postrado en cama. Le había dado muchísimas vueltas al hecho de cómo apartar al joven y ahora resultaba que, para su gran contento, los médicos le quitaban esa grave preocupación. Si, según todos los síntomas, Richard parecía sufrir de fiebres tifoides, incluso si se curaba no podría abandonar la habitación antes de varias semanas. En un mes se pueden hacer muchas cosas; y con energía, se puede lograr todo. Ya hemos informado claramente al lector de que en aquel momento el objetivo del mayor consistía en garantizarse la confianza, la mano y la fortuna de Miss Whittaker. Luttrel no tenía dinero, pero sí múltiples necesidades, y ya había alcanzado una edad —treinta y seis años— que le impedía tener la valentía de construir por pequeñas etapas una carrera que todavía no había tomado los contornos confortables con los que soñaba. Además, sus gustos refinados lo habían sensibilizado, a medida que se acercaba a los cuarenta años, a las numerosas ventajas de un hogar acomodado. Una muchacha de rasgos menos marcados que Gertrude le habría venido de perlas, me atrevería casi a decir; pero, como él mismo se decía: el que nada tiene no puede tener grandes exigencias. Gertrude era una joven con los principios bien asentados, pero, en definitiva, él no le tenía miedo, estaba totalmente dispuesto a cumplir con su deber. Como buen observador que era, había sopesado debidamente los puntos débiles y los puntos fuertes de su posición. Una vez hecho el cálculo, la balanza se inclinaba en su favor; había un solo obstáculo serio: si, informada de la enfermedad de Richard, Gertrude cedía a su condenada bondad y le daba por querer cuidar al enfermo en persona, corría el riesgo, mientras le prodigaba sus cuidados, de enterarse de improviso, a través de las palabras deliberadas del joven, del abominable engaño del que había sido víctima el capitán Severn. ¿Pero qué se podía hacer sino afrontar dicho riesgo? En cuanto al otro obstáculo, que muchas mentes pusilánimes habrían considerado insuperable, Luttrel, con su notable sentido estratégico, lo había convertido de inmediato en su baza principal; me refiero al hecho de que el corazón de Gertrude ya estuviera ocupado. Lo que él conocía de las relaciones entre Miss Whittaker y su colega de regimiento de voluntarios provenía de lo que podía haber captado y observado. Había observado muchas cosas y, en conjunto, lo que sabía era exacto y constituía, en todo caso, lo que hubiera podido llamar un buen bagaje. Había calculado que Gertrude tendría una reacción pasional al enterarse de la aparente desconsideración de Severn. Sabía que en una mujer generosa tal reacción —siempre y cuando no se la atizara— no iba a llegar muy lejos; era precisamente en esto en lo que basaba su estrategia. No la dejaría en paz: la tomaría delicadamente entre sus manos, tiraría de los hilos, jugaría con ellos, los convertiría en una madeja, un hilo de Ariadna destinado a conducirlo a donde él quería ir. Así, confiaba mucho en su habilidad y su tacto. Pero también contaba, como es natural, en sus cualidades personales —cualidades que tal vez tuvieran demasiada rigidez y solidez para que pudiera hablarse de encantos—, pero que podían inspirar confianza. El mayor no era un hombre apuesto, eso se lo dejaba a las personas que no tenían la belleza de la inteligencia; pero su fealdad tenía algo masculino, aristocrático e inteligente. Por otro lado, su figura era lo bastante elegante para hacer olvidar que su nariz no era recta ni su boca bien dibujada. Tenía aspecto de un hombre de acción que fuera al mismo tiempo culto y sociable.