!Pobre Richard!
!Pobre Richard! La ansiedad que Gertrude sintió de repente por Richard le hizo olvidar sus mezquinas penas de amor. El coche que hubiera debido llevarla a casa de Mrs. Martin sirvió a una causa más desinteresada. Profundamente convencido de la benéfica influencia que ejercÃa su presencia, el mayor pidió permiso para acompañarla; se dirigieron pues a la granja y pronto se hallaron en la habitación de Richard, que estaba a oscuras. El joven estaba sumido en un sueño del que parecÃa poco prudente despertarlo. Gertrude lanzó un suspiro al comparar la desnudez de aquella habitación con el rico amueblamiento de la suya, y mentalmente hizo la lista de los objetos indispensables que le mandarÃa a más no tardar. No es que Richard no tuviera los cuidados necesarios. El doctor lo visitaba con frecuencia y la vieja señora Catching tenÃa mucho sentido común, aunque fuera un poco ruda.
—Pregunta por usted a menudo, señorita —dijo ésta dirigiéndose a Gertrude, pero con una mirada picara en dirección del mayor—. Pero creo que serÃa mejor que no viniera muy a menudo. Me temo que más que calmarlo lo acabe alterando.
—Me temo que ella tiene razón, Miss Whittaker —dijo el mayor, con ganas de abrazar a la señora Catching.
—¿Y por qué tendrÃa que alterarlo? —preguntó Gertrude—. Estoy acostumbrada a las habitaciones de enfermo; cuidé a mi padre durante un año y medio.