!Pobre Richard!

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—No tendría mucha sensibilidad —dijo Gertrude—, si no hubiese visto toda su bondad y cortesía.

—¡Por Dios, no me hable de cortesía! —exclamó el mayor.

—Soy muy consciente de su interés, y le agradezco mucho que exprese sus aspiraciones con tanto respeto y consideración. Hablo en serio, mayor Luttrel. Existe cierta moderación en la manera de expresarse, y ha dado con ella. Pero me parece que también hay una moderación en el afecto, con el que quizá deba contentarse. No le quiero, no le quiero en absoluto. Es lo que me dice mi corazón cuando se lo pregunto. Lo que siento no opera demasiados prodigios.

—¿Puede al menos operar el prodigio de aceptar ser mi esposa?

Gertrude calló y luego dijo:

—Si es usted capaz de respetar a una mujer que le da su mano con sangre fría, entonces cuente con la mía.

Luttrel acercó la silla y le tomó la mano.

—Quien nada tiene nada puede exigir —dijo, llevando su mano hasta el bigote.

—¡Oh, mayor Luttrel, no diga eso! Le doy mucho, pero me reservo una cosa… una cosa pequeña —dijo Gertrude vacilando—, que supongo le reservo a Dios.

—En tal caso no tendré celos —dijo Luttrel.


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