La perla
La perla El camino hacia las montañas era duro y traicionero. Juana avanzaba con Coyotito apretado contra su pecho, mientras Kino iba delante, el cuchillo en una mano y la perla oculta en la otra. Sus pies dejaban huellas profundas en el polvo, como si el peso de la perla arrastrara no solo sus cuerpos, sino también sus almas.
—Kino, debemos descansar —murmuró Juana.
Pero Kino negó con la cabeza, su voz baja y tensa. —No podemos detenernos. Nos siguen.
No estaba equivocado. Desde lo alto de una roca, vio a los perseguidores: tres hombres armados, rastreadores que no pararían hasta recuperar lo que Kino tenía. Su corazón se aceleró, y la Canción del Enemigo retumbó en su mente.
—Subiremos más alto —decidió.
La noche cayó sobre ellos como un manto, y el frío se coló entre las rocas. Juana trató de calmar a Coyotito, su pequeño cuerpo temblando. Kino, mientras tanto, afilaba su cuchillo con movimientos mecánicos, su mirada fija en el fuego que habían encendido.
—Esto debe terminar, Kino —dijo Juana finalmente, rompiendo el silencio—. La perla nos ha traído solo dolor.
—No. La perla nos salvará.