La perla
La perla Juana lo miró con tristeza, comprendiendo que ya no era el hombre que había sido. Kino estaba atrapado en una espiral de desesperación y orgullo.
En la madrugada, los rastreadores se acercaron más. Kino los vio acampar a lo lejos, sus sombras alargadas por la luz de la hoguera. Supo que no quedaba tiempo. Tomó una decisión.
—Quédense aquí —ordenó a Juana—. Los detendré.
Antes de que ella pudiera protestar, Kino desapareció entre las sombras, moviéndose como un depredador. Cada paso era calculado, cada respiración un intento de silenciar el caos en su mente.
Cuando llegó al campamento, vio a los hombres descansando, sus armas apoyadas cerca del fuego. En un movimiento rápido, silencioso como una ráfaga, Kino atacó. El primer hombre cayó sin un sonido, pero el segundo reaccionó, y pronto el caos estalló.
—¡Alguien viene! —gritó uno, levantando su rifle.
Kino se abalanzó sobre él, y en la lucha, el arma se disparó. El eco del disparo resonó en las montañas, desgarrando la quietud. Kino, con el aliento entrecortado, se levantó tambaleándose, victorioso pero herido.