La perla
La perla Los vecinos comenzaron a congregarse, atraÃdos por los gritos. Kino vio el miedo reflejado en sus rostros mientras Juana murmuraba: —Tenemos que llevarlo al médico.
Pero todos sabÃan lo que eso significaba. El médico no atendÃa a los pobres. Para él, Kino y su familia no eran más que sombras. Sin embargo, el llanto de Coyotito era una plegaria demasiado fuerte como para ser ignorada.
Kino asintió, sus puños apretados. No sabÃa cómo, pero conseguirÃa salvar a su hijo. Afuera, el sol brillaba con una intensidad implacable, como si también estuviera observando, esperando el siguiente movimiento de Kino.
—Vamos —dijo, su voz quebrada pero firme.
Y con esa palabra, la marea de su vida comenzó a cambiar.
La caminata hacia la casa del médico se sintió eterna. Los pies descalzos de Kino golpeaban el suelo polvoriento mientras Coyotito, envuelto en el chal de Juana, lloraba débilmente. Las casas de ramaje que bordeaban el camino parecÃan murmurar entre sÃ, comentando lo inútil que era su empresa.
