La perla
La perla Cuando llegaron, Kino se quedó paralizado frente a la puerta de madera oscura. Juana lo miró, su expresión era una mezcla de miedo y esperanza. Ella fue quien golpeó.
Un hombre gordo, de rostro grasiento y ojos astutos, apareció detrás de la puerta entreabierta. Llevaba un uniforme blanco que alguna vez pudo haber sido digno.
—¿Qué quieren? —preguntó, con un tono que desbordaba indiferencia.
—Nuestro hijo… —dijo Juana, mostrando a Coyotito—. Fue picado por un escorpión. Necesita ayuda.
El médico ni siquiera miró al bebé. Sus ojos se clavaron en Kino. —¿Tienen dinero?
Kino apretó los puños, sintiendo cómo la ira se enroscaba en su interior como un animal salvaje. Desató una pequeña bolsa de cuero que llevaba al cuello y sacó unas perlas opacas, insignificantes. Las extendió con esperanza.
El médico soltó una carcajada seca. —¿Esperan que los cure por eso? No soy veterinario.
Y la puerta se cerró con un golpe que resonó como un trueno en el corazón de Kino.
Juana no lloró. Sus ojos estaban fijos en Coyotito, y su voz era un susurro que apenas se sostenía. —Debemos buscar una solución.