La perla
La perla Más tarde, cuando el sol se retiraba al horizonte, Kino salió en su pequeña canoa al Golfo, con el cuerpo tenso y la mente llena de la canción de la esperanza. Los antiguos le habían enseñado a escuchar las canciones que la vida ofrecía, y en ese momento, la Canción de la Perla resonaba como un latido profundo.
Sumergió la mano en el agua y la agitó para levantar la arena del fondo. Con cada puñado que traía a la superficie, su respiración se aceleraba, sus ojos buscando un brillo distinto. Hasta que, finalmente, lo vio.
Una perla del tamaño de un huevo de gaviota, perfecta, como si hubiera sido forjada por los mismos dioses. Kino contuvo el aliento, el mundo entero parecía detenerse.
—¡Juana! —gritó mientras remaba de vuelta a la orilla con fuerza.
Cuando Juana vio la perla, su expresión se iluminó con un destello de esperanza. —Es… milagrosa —susurró.
Kino levantó la perla hacia el cielo, donde los últimos rayos del sol arrancaron destellos dorados. —Esto cambiará nuestras vidas.
Pero en las sombras, ojos desconocidos observaban. La noticia del hallazgo ya se había extendido, y con ella, una marea de codicia que nadie podía detener.
